lunes, 10 de octubre de 2011

Fanfic Doctor Anshel: Entre el Amor y el Odio -capítulo 1-

Este relato es una especie de fanfic sobre una historia de amor y odio entre un "doctor" judío y un aviador alemán antisemita. El doctor guarda un gran secreto sobre sí mismo y el joven oficial es un hombre lleno de rencor y soledad (además de ser muy guapo XD). 
Esta es sólo una historia que se me ocurrió hace mucho tiempo cuando estaba viendo la película de Barbra Streisand: Yentl. No tiene nada que ver con el argumento pero está inspirada en el personaje principal de la historia, que, como dije antes, no tiene nada que ver con la película. Espero que, para el que la lea, se entretenga con este relato lleno de drama, aventura y romance, que hago sin ánimo de ofender a nadie ^_^
El "doctor" Anshel ^_^


DOCTOR ANSHEL: ENTRE EL AMOR Y EL ODIO
Prólogo
     Aunque el paso de Anshel en mi vida fue efímero, dejó en mi alma una marca tan fuerte que jamás se borrará aunque pasen los años y llegue el final de de mis días. Un alma noble y valiente a quien tuve que admirar a pesar de mis principios. Un joven médico judío a quien tuve que tomar prisionero por mis ideales... Yo odiaba a los judíos, mis padres me enseñaron a hacerlo como a ellos le enseñaron sus padres... Pero Anshel era una persona a quien uno no podía odiar a pesar de su origen judío... Su inteligencia, su bondad y una triste mirada en su joven rostro serio me conmovieron en cuanto comencé a verlo como una persona y no como un animal... ¡Oh, Anshel! ¡Si yo hubiera conocido tu secreto las cosas habrían sido diferentes entre tú y yo! Pero el destino nos deparaba otra cosa y tú fuiste la luz que guió mi alma hacia la salvación...
     Mi querido amigo, mi querido Anshel... ¿En dónde estarás ahora? ¿En dónde estarás ahora iluminando la vida de otros? Te quiero, amigo mío... Yo no me olvidaré jamás de tí... ¿Y tú? ¿Ya me has olvidado?

Capítulo 1: El Nuevo Médico del Pueblo                    
     A todos llamó la atención la aparición de un extraño jovencito vestido de negro. Era delgado y bajito, una gorra negra cubría sus cortos cabellos castaños primorosamente peinados y unos pequeños anteojos redondos completaban el atuendo de aquel chico de aspecto delicado. Llevaba un maletín de médico en una mano y en la otra una gran valija que parecía ser muy pesada para él.
     A su paso entre los desconfiados pobladores de aquel empobrecido pueblecito de la Europa Oriental enclavado en medio de un hermoso paisaje rural, el joven muchacho saludaba tímidamente  a uno y a otro poblador que se cruzaba con él.
     -¿Quién será ése jovencito? -se preguntaban entre ellos, murmurando a sus espaldas y mirándolo de soslayo-. ¿Qué vino a hacer aquí? Parece ser un odioso citadino...
     Tratando de no darle demasiada importancia a aquellos comentarios mal intencionados, el recién llegado se acercó a una mujer que se encontraba parada en el umbral de su casa y, sacando un maltratado papel del bolsillo de su abrigo, se lo extendió diciendo:
     -Disculpe, ¿pero podría usted indicarme en dónde vive éste hombre? -Su voz era casi dulce y delicada, demasiado suave para ser un hombre.
     -Yo no sé leer -fue la cortante contestación de la aludida, cruzándose de brazos muy molesta, dirigiéndole una mirada muy poco amistosa.
     -¡Oh! Le ruego que me disculpe... -replicó rápidamente con amabilidad sin poder evitar ponerse colorado-. Busco al doctor Amior Zahav.
     -¿Es usted un acreedor o un paciente?
     -Nada de eso, señora; soy el nuevo médico que lo reemplazará.
     Grande fue la sorpresa de la mujer al escuchar semejante revelación. ¿Quién hubiera pensado que aquel muchachito era un médico? ¡Si parecía que recién había roto el cascarón!
     Entonces, tratando de dominar su desconcierto, la mujer carraspeó y dijo:
     -¡Ejem! Bueno... Yo lo conduciré hasta la casa del doctor..., doctorcito.
     -Muchas gracias -le hizo una leve inclinación de cabeza en señal de gratitud antes de comenzar a seguirla a través de las polvorientas y anchas calles del pequeño pueblo ante las miradas inquisitivas de los demás.
     -Me llamo Dora, ¿y usted? -le preguntó repentinamente sin volverse a mirárlo mientras caminaba con paso decidido.
     -¿Yo? ¡Oh! ¡Sí! Yo me llamo Anshel. Mucho gusto, señora Dora -el pobre pensaba que jamás iba a acostumbrarse a las maneras toscas de aquella mujer.
     -¿Anshel? -repitió la mujer y volvió su rostro para observarlo unos segundos antes de seguir caminando-. Sí, le queda muy bien ese nombre, doctorcito.
     Anduvieron otro poco más hasta que ella notó que el joven doctor comenzaba a cansarse con el equipaje.
     -¡Eh! ¡Tú, Moises! -le gritó a uno de los hombres que estaba bebiendo cerveza junto a otros hombres en un pequeño negocio.
     -¿Qué pasa, Dora?
     -¡Ayuda al doctorcito y carga con su maleta!
     -¿Doctorcito? -repitió incrédulo el aludido, y entonces, una oleada de murmullos se dejó escuchar entre los presentes, poniendo muy nervioso al recién llegado.
     -¡Vamos, Moisés! ¿Es que no ves que el doctorcito ya está muy cansado? -insistió Dora.
     Y entonces, dando un respingo, el hombre salió disparado hasta donde se encontraban ellos dos.
     -Permítame su equipaje, doctorcito; yo se lo llevaré -le dijo mientras intentaba agarrar la manija de la maleta.
     -¡Oh, no! No se preocupe. Yo mismo puedo llevarla... -trató de evitarlo, pero aquel hombre era muy insistente y no soltaba la maleta.
     -No diga eso, doctorcito, se nota que usted ya está agotado.
     -No, se equivoca. Yo...
     -¡Oh! ¡Ya basta y entréguele de una vez esa valija, doctorcito! ¡No sea usted tan testarudo! -exclamó Dora mientras le arrebataba el equipaje de la mano y se lo entregaba a Moises para luego seguir andando.
     Como un reguero de pólvora la noticia de la llegada del nuevo doctor se había esparcido por todo el pueblo, anonadando a todo aquel que se apresuraba a ver al recién llegado y se daba con la sorpresa de que apenas era un muchachito recién salido de la facultad de medicina. ¿Acaso aquel jovencito iba a reemplazar al viejo doctor a quien tanta confianza y devoción le mostraban sus pobladores?
     Y así, ante la mirada de una curiosa multitud, el joven doctor Anshel´, Dora y Moisés llegaron hasta la casa del doctor del pueblo. Haciéndose a un lado y mirando insistentemente al preocupado muchacho, Dora esperó a que éste golpeara la puerta. Mordiéndose los labios y sintiéndose bastante nervioso, Anshel subió los cuatro escalones de la vieja casa y golpeó la puerta tres veces y, retrocediendo un paso, esperó ansioso a que la abrieran.
     Largos segundos pasaron hasta que escuchó unos pausados pasos que llegaron hasta la puerta y vio cómo el picaporte de la puerta giraba para dar paso al ocupante de la casa.
     -¿Sí? ¿Qué es lo que quiere, jovencito? -le preguntó una ajada mujer de cabellos canos luego de haberlo mirado de abajo hacia arriba con cara de extrañeza.
     -Busco al doctor Amior, señora; soy Anshel, el suplente que mandaron de la universidad de Wroclaw.
     La mujer se quedó prácticamente congelada al escuchar tan inesperada revelación, y luego de abrir y cerrar la boca como un pescado, logró que sus palabras salieran de su garganta:
     -¿Doctor? ¿Wroclaw? ¿Tan jovencito? Este..., espere unos segundos -y le cerró la puerta en la cara, dejándolo consternado.
     Pasaron unos minutos y Anshel, luego de mirar nerviosamente a Dora y a Moisés, escuchó que la puerta se abría de nuevo, dando paso a un hombre bastante viejo que lo miró de arriba a abajo con el ceño fruncido.
     -¿Así que usted es el nuevo médico que me mandaron esos ineptos catedráticos de Wroclaw? ¡Pero si apenas es un chiquillo!
     -No se deje llevar por mi apariencia, señor Amior, tengo más edad de la que aparento      -fue la tranquila respuesta del aludido.
     -¡Eso no basta, mi estimado joven! -rebatió muy disgustado mientras se reacomodaba los anteojos-. ¿Acaso tiene usted la suficiente experiencia como doctor?
     -"Confía en Yahvéh con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia.   Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Yahvéh y apártate del mal, porque será medicina para tu carne y refrigerio para tus huesos." -replicó Anshel seriamente para la inmensa sorpresa del viejo médico.
     -¿Así que estudiaste los textos sagrados? No pareces rabino... -lo miró de reojo, desconfiado.
     -No, no lo soy; tuve que abandonar mis estudios por razones personales... -contestó con un dejo de tristeza en sus ojos celestes, obligándose a sí mismo a bajar la mirada para que aquel desconocido no lo notara-, luego entré a la universidad de medicina y me recibí como médico.
     Viendo que no estaba siendo muy amable con aquel muchacho, el viejo doctor lo invitó a entrar a su casa.
     -Seguramente usted debe estar muy cansado con el viaje, doctor Anshel -comenzó a decirle mientras el joven muchacho ingresaba a su casa-, le pediré a la señora Gania que le sirva una buena comida, le prepare un buen baño y una buena habitación... ¡Eh, tú, Moisés! ¡Trae el equipaje del doctor!
     Dándose prisa, el aludido hizo lo que le ordenaban y muy pronto el joven doctor estuvo instalado en su nuevo hogar.
     -La gente de este pueblo es un poco bruta e ignorante, doctor Anshel -le contaba el viejo médico mientras ambos cenaban aquella noche-, pero son gente buena y muy pronto le tomarán cariño, ya lo verá.
     Anshel asintió con una tímida sonrisa y su anfitrión siguió hablando:
     -Recuerdo que yo era un poco más grande que usted cuando llegué a este pueblo, estaba nervioso, pero pronto me hice de buenos amigos... -miró a su alrededor con marcada nostalgia-, y ahora que ya soy viejo y me ha llegado el turno de retirarme, es cuando sé lo mucho que voy a extrañar este lugar...
     -No se preocupe, doctor Amior -le dijo Anshel sonriendo con simpatía-, yo cuidaré muy bien de su gente; se lo prometo.
     El anciano sonrió agradecido.
     -De eso no tengo duda, muchacho... No tengo duda...
     Aquella velada fue muy tranquila y Anshel se fue a la cama muy tranquilo y durmió plácidamente durante toda la noche. Durante la siguiente semana antes de la partida del viejo doctor Amior, éste lo había instruido muy bien acerca de las dolencias de cada paciente del pueblo y, cuando llegó el momento de ver partir a aquel hombre tan sabio, Anshel se quedó en aquel pueblo como su único doctor. Jamás habría imaginado que en muy poco tiempo, se vería envuelto en una de las peores tragedias de la humanidad: La Primera Guerra Mundial.





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Gabriella Yu

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