sábado, 22 de septiembre de 2012

¿Qué Hubiera Pasado Si...? -Fanfic Mujercitas- Capítulo 1: New York New York

Jo March, nuestra joven y temperamental protagonista, decide ir a vivir a New York para ampliar sus horizontes como escritora, tal y como su amigo Anthony Boone se lo recomendó antes de que éste partiera también hacia la misma ciudad. Pero Laurie Laurence, el vecino adinerado de la familia March, decide él también partir hacia New York para estudiar en la universidad y, algún día, poder declararle su amor a Jo antes de que Anthony lo haga también. El gran problema para ambos muchachos, es que la aficionada escritora tiene un temperamento fatal y es muy poco afecta a las declaraciones de amor... ¿Cual de los dos jóvenes logrará conquistarla?


Capítulo 1: New York, New York
     Josephine March, mejor conocida por su sobrenombre de “Jo”, era una chica de 17 años, alegre, entusiasta y soñadora, dispuesta a hacer realidad todos sus sueños costaran lo que le costaran, y por ello, su innata testarudez y su fuerte carácter, la ayudarían en su empeño.
     El sueño de Jo era convertirse en una gran escritora. Ya había logrado publicar una de sus novelas en un diario llamado Newcord Times que se publicaba en Newcord, la ciudad en donde su familia se había instalado luego de que su anterior casa, en Gettisburg, se hubiera quemado debido al ataque del enemigo confederado en la recientemente terminada guerra civil por la abolición de la esclavitud. El editor en jefe del mencionado periódico había sido muy amable con ella, pero Anthony Boone, un joven periodista encargado de la sección de “literatura” y responsable de aceptar o no las novelas publicadas en serie, había sido bastante crítico con sus obras desde un comienzo, pero gracias a su determinación (y los concejos de Anthony), Jo había mejorado su escritura y logrado que le publicaran por primera vez una novela por entregas.
     Aunque Anthony a veces lograba enfadarla, Jo se había beneficiado muchísimo con su amistad, ya que, gracias a él, su familia había logrado encontrar una casa de alquiler perfecta, cuyo vecino, el joven Laurie Laurence, se había hecho un gran amigo de ella y de sus hermanas; sus concejos sobre literatura la habían guiado por un camino que ella había creído conocer cuando en realidad no era así debido a su falta de experiencia; luego, más adelante, Anthony —que se marchaba hacia Nueva York buscando un mejor futuro como periodista— le había aconsejado que conociera el mundo para ser una mejor escritora y que comenzara por marchar hacia la misma ciudad que él.
     En un comienzo, Jo dudó, pero en cuanto su padre regresó de la guerra y su hermana Beth se había recuperado completamente de la enfermedad que casi la había enviado al cielo, Jo decidió seguir el consejo de su amigo y marcharse para vivir unos años en Nueva York.
     En un comienzo, sus padres no estuvieron muy de acuerdo con la idea, pero cuando Anthony les escribió que le había encontrado a Jo un buen trabajo como institutriz en una pensión respetable, ellos le concedieron el permiso a su hija para que iniciara por fin su tan anhelada independencia.
     Bajo la silenciosa protesta de su gran amigo Laurie (quien estaba secretamente enamorado de la muchacha), Josephine March, la futura gran escritora, se marchó para iniciar una nueva vida en la gran ciudad.  
     Cuando el tren que la llevaba comenzó a acercarse a Nueva York, la joven aspirante a escritora se maravilló al contemplar una moderna y gran ciudad llena de edificios y gente de diferentes nacionalidades. Lo que Anthony le había contado al respecto de aquella maravillosa ciudad era cierto: New York prometía ser algo muy especial en el futuro de la nación estadounidense.
     Ya en la estación del tren, cuando éste detuvo su recorrido, todos sus pasajeros comenzaron a bajar rápidamente al andén mientras que otros subían a los mismos vagones con la intención de emprender viaje. Había mucha gente en aquel lugar, por lo que Jo no pudo evitar sentirse algo perdida y desamparada, pero como ella era una chica muy orgullosa, decidió que lo mejor sería comenzar a buscar a su amigo Anthony, quien seguramente se encontraba mezclado entre tanta gente, buscándola, pues él ya debía saber sobre su arribo a la ciudad por la última carta que ella le había mandado hacía ya unas cuantas semanas atrás.
     —Pero,  bueno. ¿En dónde se habrá metido ese tonto de Anthony? —se quejó la jovencita con un brazo en jarra al no encontrarlo por ningún lado.
     Mientras caminaba entre la multitud con su enorme maleta entre las manos, Jo miraba maravillada todo a su alrededor. Aquella estación era enorme y llena de vida, con gente que iba y venía desde todas direcciones del país; blancos, negros, indios y hasta orientales se cruzaban como si fuera que todas las razas del mundo estuvieran reunidas tranquilamente en aquel lugar, estimulando enormemente la imaginación de la muchacha; habían muchos vendedores vendiendo sus más diversas mercaderías a los recién llegados y a los que se marchaban. Había uno de ellos que vendía libros, folletos y revistas, lo cual llamó inmediatamente la atención de Jo, quien dejó la maleta a un lado y se dispuso a ver aquella interesante mercadería. No se había dado cuenta en ningún momento, que un pequeño pilluelo estaba observándola maliciosamente desde hacía rato.
     Jo no tuvo tiempo de hacer nada, puesto que en un abrir y cerrar de ojos, el chico salió disparado de su escondite, tomó la valija y salió huyendo a toda velocidad.
     —¡Oye! ¡¿Pero qué estás haciendo?! ¡Eso es mío! —exclamó Josephine al darse cuenta de lo ocurrido, lanzándose a toda carrera por detrás del ladronzuelo para atraparlo y quitarle sus pertenencias robadas.
     ¡¡Ladrón!! —gritó furiosa mientras corría con todas sus fuerzas abriéndose paso entre la multitud. Estaba muy asombrada por la velocidad del niño, puesto que llevaba una pesada valija en sus pequeñas manos y podía correr como una gacela.
     El chico ya estaba muy acostumbrado a esa actividad y generalmente le resultaba muy fácil evadir a sus víctimas, pero le sorprendía el hecho de que aquella muchacha desgarbada que parecía un chico, aún lo estuviera persiguiendo tenazmente. Generalmente las chicas se quedaban muy asustadas y pedían ayuda a gritos.
     En ese momento, el amigo periodista de Jo, Anthony Boone, cruzó a toda velocidad la puerta principal de la estación de tren, pues se la había hecho tarde y le preocupaba que Jo se hubiese perdido. Mientras miraba a su alrededor para encontrarla, un chiquillo pasó corriendo velozmente por su lado y casi lo hizo caer al suelo.
     —¡Oye! ¡Ten más cuidado! —le reclamó alzando el puño, pero en cuanto se dio vuelta, vio que su amiga Jo venía corriendo hacia donde él se encontraba.
     “¡Oh! ¡Ahí viene Jo! —pensó muy contento de verla—. ¡Y viene corriendo hacia mis brazos! ¡Ya sabía yo que tarde o temprano terminaría por darse cuenta de lo que siento por ella!”.
     Muy ilusionado con la idea, Anthony abrió los brazos para recibirla y exclamó:
     —¡Aquí estoy, mi querida Jo! ¡Ven a mis bra…!
     Pero su dama pasó como un suspiro por su lado mientras le gritaba de muy mal humor:
     —¡¿Pero qué estás haciendo, Anthony?! ¡¿No ves que ese chico se lleva mi maleta?! ¡Ayúdame a quitársela!
     Desilusionado y un tanto contrariado, el joven periodista bajó los brazos y se le quedó mirando por unos segundos.
     —… Ya me parecía que era demasiado hermoso para ser verdad… —Y comenzó a correr detrás de su amiga para alcanzar al pequeño ladronzuelo.
     Los tres corrieron a lo largo de la estación esquivando gente y equipajes, el niño aún tenía fuerzas para seguir corriendo al igual que Jo, quien parecía que no se iba a cansar nunca de correr, en cambio, al pobre de Anthony, le costaba demasiado mantener el ritmo de aquellos dos.
     La persecución duró varios minutos y, viendo que no lograría escaparse de sus perseguidores, el ladronzuelo abrió la maleta y dejó caer todas las pertenencias de Jo, que quedaron esparcidas por todas partes para la angustia de la chica, olvidándose completamente de la persecución del ladronzuelo y dedicarse a recoger sus cosas lo más rápido posible ante las murmuraciones de la gente.
     —¿Quieres que te ayude, Jo? —preguntó su amigo mientras comenzaba a alzar unos cuantos libros del suelo hasta que… alzó una de las prendas interiores de la muchacha.
     —¿Pero qué es esto? ¡Oh! —exclamó muy asombrado al darse cuenta de lo que era.
     Josephine, colorada como un tomate y furiosa como un volcán, le hizo soltar la prenda de un sólo manotazo en las manos.
     —¡¿No te da vergüenza, Anthony Boone?! ¡Tocar las cosas privadas de una dama! —se quejó—. ¡No te he pedido tu ayuda y tampoco la quiero ahora!
     —¡Pero si recién acabas de pedírmela para atrapar al ladrón!
     —Si hubiera sabido que corrías como una tortuga, nunca te hubiera pedido eso —rebatió furiosa mientras alzaba sus cosas con muy poco cuidado, así que Anthony decidió no meterse y dejar que ella lo hiciera todo. Tal vez así se le pasaría el mal humor.
     Una vez que todo estuvo recogido y empaquetado, y luego de mucho insistirle, el joven periodista fue quien se encargó de llevar la maleta mientras Jo caminaba a su lado a grandes pasos con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Aún estaba muy enojada y abochornada por lo ocurrido en la estación del tren.
     Anthony, quien conocía el carácter fuerte de Jo y sus constantes rabietas, sabía que lo mejor era dejar pasar un rato hasta que ella se calmara, porque, aunque ella fuera muy impulsiva e irritable, sus enojos duraban muy poco y nuevamente volvía a ser la chica alegre que siempre solía ser.
     —Oye, Jo… —le dijo mientras iban caminando por la acera, ya en plena ciudad.
     —Qué —replicó de mala gana sin siquiera mirarlo a la cara, pues aún se sentía muy avergonzada.
     —¿Quieres que te muestre la ciudad? Una buena escritora siempre tiene que mantener los ojos bien abiertos para no perderse un solo detalle del nuevo mundo que se le presenta… ¿Quién sabe si alguna vez vuelvas a tener semejante oportunidad? ¡Podrías sacar muchas historias con lo que veas! —Todo esto lo había dicho con un tono de tranquila indiferencia, como si ella no estuviera molesta con él.
     Curiosa y sensata como era, Jo lo miró unos instantes con la boca abierta, cayendo en la cuenta de que uno de sus sueños más anhelados, estar en Nueva York, se había realizado y que tenía que disfrutarlo al máximo antes de perder el tiempo con una estúpida rabieta. Rápidamente recobró su buen ánimo y subió al taxi que los esperaba y se dedicó a contemplar muy extasiada todo lo que aquella magnífica ciudad le ofrecía.
      La impresionaron la enorme cantidad de edificios de hasta seis pisos, el recientemente inaugurado Parque Central, las tiendas de ropa; la increíble cantidad de gente de diferentes razas que iban y venían por las calles, algunas de ellas acompañadas por los perros más extraños que había visto en su vida. Todo aquel ajetreo citadino la excitaban y atraían sobremanera.
     Anthony, disfrutando enormemente la alegre presencia de su querida amiga, se dedicó a mostrarle todas las maravillas que aquella ciudad les ofrecía con los brazos abiertos, narrándole interesantísimas historias acerca de su fundación, su gente y sus antiguas y modernas construcciones edilicias. Mientras Jo observaba todo con un interés infinito, escuchaba maravillada cada cosa que él le contaba y haciéndole toda clase de preguntas, propias de su carácter curioso.
     Para el muchacho, aquello era un sueño hecho realidad, puesto que siempre había sentido algo muy especial por aquella chica tan alegre y sincera. Antes, cuando ambos vivían en NewCord, jamás había tenido la suerte de pasear a solas con ella, pues siempre se le adelantaba un chico de la mima edad que Jo: Theodore Laurence, quien era el que siempre acaparaba toda la amistad de la joven. Pero ahora, por fin estaban a solas. Por fin podría demostrarle lo mucho que la quería.
     —Ya vamos a llegar a la pensión de los Kirke, Jo, estamos muy cerca —le comentó sonriente.
     Emocionada, la joven sacó la cabeza por la ventanilla del coche y pudo observar varios edificios altos y viejos que se ubicaban uno al lado del otro, con mucha gente recorriendo sus aceras mientras Anthony la observaba con alegre embeleso. A él le encantaba verla tan animada y se preguntaba qué tan feliz sería tenerla como novia y también como futura esposa.
     Luego de indicarle al cochero que parara en una determinada dirección, Anthony y Jo bajaron del carruaje justo frente al edificio que funcionaba como pensión: la pensión de los Kirke. Entusiasmada por llegar a su destino y tenderse sobre una cama para descansar, Jo se dirigió inmediatamente hacia la puerta para llamar, pero entonces, notó que un cartel estaba colgado en ella.
     —¿¡Pero qué es esto!? —exclamó incrédula después de leerlo.
     —¿Qué pasa, Jo? —se acercó Anthony, tan extrañado como ella y decidió leer lo que aquel cartel decía.
     Cuando apenas lo hubo leído, el joven periodista no podía creer lo que decía:
Cerrado momentáneamente
por refacciones edilicias


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Gabriella Yu 

4 comentarios :

  1. Amo esta Pagina Gracias Gabriella Yu. Quiero saber mas de ti.

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    1. Pues podés darle un vistazo a la solapa "Gabriella Yu`s" XD Muy pronto subiré más capítulos del fic ^_^

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  2. esta bueno me gustaria seguir leyendo

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    1. En la página de Fanfiction está completo. Utilizo el mismo nick que aquí así que podés encontrarme enseguida :)

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