lunes, 3 de junio de 2013

Cuentos de Hadas Japoneses: El Buen Trueno

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.
De aquí en más, ¡disfruten cada historia!

El buen trueno


Algunas gentes dicen que Rai-den, el Trueno, es un espíritu maligno, temible, vengativo y cruel; son gentes que temen la tormenta, que odian el rayo y la tempestad y hablan todo lo mal que pueden de Rai-den y de su hijo, Rai-Taro. Pero se equivocan.
Rai-den Sama vivía en el Castillo de la Nube, en el cielo. Era un dios grande y poderoso,  un Señor de los Elementos. Su único hijo, Rai-Taro, era un joven valiente, muy amado por su padre.
En los fríos atardeceres. Rai-den y Rai-Taro paseaban sobre las murallas del Castillo de la Nube. Desde donde observaban a los hombres de la Tierra de los Juncos. Miraban al norte y al sur, al este y al oeste. A menudo reían… muy a menudo; en ocasiones suspiraban. Algunas veces, Rai-Taro se reclinaba sobre las murallas del castillo para observar a los niños que deambulaban por la Tierra. Una noche, Rai-den Sama dijo a Rai-Taro:
—Muchacho, observa cuidadosamente a los hombres esta noche.
Rai-Taro contestó:
—Los observaré bien, padre.
Desde la muralla norte, vieron a grandes señores y hombres de armas que se dirigían a la batalla. Desde la muralla sur, vieron a los sacerdotes y discípulos que rezaban en un templo sagrado, cargado de incienso, cuyas imágenes de oro y bronce brillaban a la luz del ocaso. Desde la muralla este, vieron una glorieta en la que había una bella princesa y un grupo de doncellas vestidas de color rosa que tocaban música para ella. También había niños que jugaban con una pequeña carreta llena de flores.
—¡Ah, qué hermosos niños! —exclamó Rai-Taro.
Desde la muralla oeste, vieron a un campesino que trabajaba en su campo de arroz. Estaba muy cansado y le dolía la espalda. Su esposa trabajaba junto a él; es fácil imaginar que, si él estaba cansado, ella lo estaría aún más. Eran muy pobres y sus ropas estaban raídas.
—¿No tienen hijos? —preguntó Rai-Taro. Rai-den negó con la cabeza. Y después le dijo a su hijo:
—¿Has observado bien, Rai-Taro? ¿Has observado bien esta noche a los hombres?
—Padre —contestó Rai-Taro—, ciertamente, los he observado bien.
—Entonces, escoge, hijo mío; pues voy a mandarte para que establezcas tu morada en la Tierra.
—¿Debo ir a vivir entre los hombres? —preguntó Rai-Taro.
—En efecto, hijo mío, debes ir.
—No iré con los hombres de armas —decidió Rai-Taro—; las batallas no me gustan en absoluto.
—Entonces, dime, hijo mío: ¿prefieres ir con la joven princesa?
—No —contestó Rai-Taro—: soy un hombre. Tampoco voy a afeitarme la cabeza para ir a vivir con los sacerdotes.
—¡Cómo! ¿Escoges a los humildes campesinos? La vida con ellos será muy dura y la comida, escasa.
Rai-Taro contestó:
—No tienen hijos, así que tal vez me quieran a mí.
—Ve, pues; ve en paz —dijo Rai-den Sama—, pues has escogido sabiamente.
—¿Debo presentarme ente ellos? —preguntó Rai-Taro.
—Con honor y con respeto —respondió su padre—, como corresponde a un Príncipe del Cielo.

El humilde campesino trabajaba en su campo de arroz, situado al pie de la montaña Hakusan, en la provincia de Ichizen. Día tras día y semana tras semana, el sol brillaba sin piedad. El campo estaba seco y el arroz se quemaba.  
—¡Oh, dioses! —se lamentaba el pobre campesino—, ¿qué haré si pierdo mi cosecha de arroz? ¡Ojalá los dioses de apiaden de la gente humilde!
Entonces se sentó en una piedra, al borde del campo de arroz, y se durmió, agotado y triste.
Cuando despertó, vio que el cielo se había cubierto de nubes negras. Era mediodía, pero estaba tan oscuro como si fuera noche cerrada. Las hojas de los árboles se estremecían y los pájaros habían cesado de cantar.
—¡Una tormenta, una tormenta! —gritó el campesino--. Rai-den Sama llega a lomos de su negro corcel, tocando el gran tambor del Trueno. Tendremos gran cantidad de agua, gracias a los dioses.
Y gran cantidad de agua tuvieron; cayó una lluvia torrencial, una gran tormenta llena de cegadores relámpagos y ensordecedores truenos.
—¡Oh, Rai-den Sama!— exclamó el campesino—: con todos mis respetos, esta lluvia es más que suficiente.
Al decir esto, los cielos se abrieron con un gran estruendo; un nuevo relámpago estalló y cayó en la tierra una bola de fuego.
—¡Ay, ay! —gritó el pobre campesino—. Kwannon, ten piedad de esta alma pecadora, pues el Dragón del Trueno me ha encontrado.
Y mientras pronunciaba estas palabras, se lanzó sobre la tierra, escondiendo su rostro. 
Pero el Dragón del Turno no se ensañó con él, y al poco rato el campesino se levantó y se frotó los ojos. La bola de fuego había desaparecido y en su lugar, sobre la húmeda tierra, yacía un pequeño bebé, un hermoso niño con las mejillas y el pelo empapados de lluvia.
—¡Oh, dama Kwammon! —exclamó el humilde campesino—, éste es el fruto de su misericordia.
Tomó al niño en sus brazos y lo llevó a su casa. Mientras se dirigía a su hogar, la lluvia seguía cayendo, pero no tardó el sol en aparecer sobre el cielo: todas las flores brillaron y alzaron los pétalos.
El campesino llegó a la puerta de su cabaña.
—Esposa mía, he traído algo a casa.
—¿Y qué es? —preguntó su mujer.
—Es Rai-Taro, el hijo del Trueno –respondió él.
Rai-Taro crecido fuerte y robusto, y se convirtió en el chico más alto y alegre de aquellas tierras. Era el orgullo de sus padres adoptivos y todos los vecinos lo querían. Al cumplir diez años, empezó a trabajar en los campos de arroz como un hombre; sus predicciones sobre el tiempo eran maravillosamente ciertas.
«Padre mío», decía, «hagamos esto y aquello, pues tendremos buen tiempo» o «Padre mío, mejor hagamos tal cosa o tal otra, ya que esta noche habrá una tormenta». Y todo aquello que decía, ocurría; de este modo, el muchacho trajo buena fortuna al campesino, cuyas cosechas prosperaron.
Cuando Rai-Taro cumplió dieciocho años, celebraron una gran fiesta a la que invitaron a todos los vecinos. Hubo una gran cantidad de sake y las buenas gentes se divirtieron; sólo Rai-Taro se mantenía aparte, silencioso y triste.
—¿Qué te aflige, Rai-Taro? —le preguntó su madre adoptiva—. Tú, que eres el chico más feliz del mundo, ¿por qué estás callado y triste?
—Porque debo dejarlos —contestó Rai-Taro.
—No —dijo su madre—, no nos dejes nunca, Rai-Taro, hijo mío. ¿Por qué has de dejarnos?
—Madre, debo hacerlo –sollozó Rai-Taro.
—Tú nos has traído fortuna, nos lo has dado todo. ¿Qué te hemos dado nosotros, Rai-Taro, hijo mío?
Rai-Taro contestó:
—Me han dado tres cosas: me han enseñado a trabajar, a sufrir y a amar. Ahora sé incluso más cosas que los Inmortales.
Cuando acabó de pronunciar estas palabras, partió; sobre una blanca nube subió al cielo, hasta llegar al castillo de su padre. Rai-den salió a recibirle: ambos fueron hasta la muralla oeste del Castillo de la Nube y miraron hacia la Tierra.
Su madre adoptiva lloraba amargamente, pero su marido la consolaba, tomando su mano:
«Amor mío», le decía, «no será mucho tiempo. Somos ya muy viejos».

Fin     

Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco


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