lunes, 26 de octubre de 2015

Cuentos de Hadas Japoneses: El Gorrión sin Lengua

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

El Gorrión Sin Lengua


Hace muchos años, existió un anciano que vivía solo. Y había una anciana que también vivía sola. El anciano era un hombre alegre y gentil: siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todo el mundo. La anciana era una mujer amargada y triste; siempre estaba rezongando y gruñendo, y no se relacionaba con las buenas gentes del lugar.
El anciano tenía un gorrión al que cuidaba como a la niña de sus ojos. El pajarillo podía hablar y cantar. Sabía toda clase de gracias y era un alegre compañero. Al volver a casa por la noche, después del trabajo, el anciano encontraba al gorrión en la puerta. «Bienvenido a casa, amo››, decía con la cabeza ladeada, más simpático y encantador que cualquier otra cosa en el mundo.
Un día, el anciano salió hacia las montañas para cortar leña. Ese mismo día, la anciana se quedó en su casa, pues debía hacer la colada. Preparó almidón en un cuenco y lo sacó al umbral de la puerta para que se enfriara.
«Estará a punto para cuando lo necesite más tarde››, se dijo. Pero no contaba con que, fuera de la casa, al cuenco podía pasarle cualquier cosa. El pequeño gorrión voló por encima de la cerca de bambú y se posó sobre el cuenco de almidón. Empezó a picar en el cuenco, comiendo poco a poco. Y tanto picó que al final no quedó nada. ¡Podéis estar seguros de que aquella fue una gran comilona!
Entonces salió la anciana a buscar el cuenco para almidonar su ropa.
¡Imaginad cómo se enfadó cuando descubrió que un gorrión se lo había comido todo! Atrapó bruscamente al pequeño pájaro con la mano, cogió unas afiladas tijeras y, ¡qué crueldad!, le cortó su diminuta lengua. Después lo dejó marchar.
─¡Vete con viento fresco! ¡Y que no se te ocurra volver por aquí nunca más! ─dijo la cruel anciana.
El gorrión voló y voló, sobre valles y colinas. Cuando el anciano volvió a casa no encontró al gorrión. Y no tardó mucho en enterarse de lo ocurrido. Sin perder tiempo salió a los caminos, gritando:
─¡Gorrión, gorrión!, ¿dónde estás, mi gorrión sin lengua?
Lo buscó por entre valles y colinas, siempre llamándolo:
─¡Gorrión, gorrión!, ¿dónde estás, mi gorrión sin lengua?
Al fin encontró el lugar donde vivía el gorrión. El pajarillo salió volando para dar la bienvenida a su amo. Se oyó un gorjeo. El gorrión llamó a sus hermanos y hermanas, a su esposa e hijos y también a su suegra, su madre y abuela. Todos llegaron volando en señal de respeto por el anciano. Lo llevaron a su casa y lo tendieron sobre alfombras de seda.
Empezó entonces un gran banquete en el que había arroz rojo, daikon y pescado y quién sabe cuántas cosas más. Para beber, disfrutaron del mejor sake. El gorrión y toda su familia se ocuparon de atender a su anciano invitado.
Tras la cena el gorrión bailó, mientras su abuela tocaba el samisén y el buen anciano marcaba el ritmo.
Fue una velada muy divertida.
Al fin, el anciano dijo:
─Todo lo bueno tiene un final. Ya es muy tarde y aún me espera un largo camino a casa.
─No os iréis sin un pequeño obsequio ─dijo el pajarillo.
─¡Ah, mi querido gorrión! ─exclamó el anciano─: preferiría volver a tenerte antes que cualquier otro presente.
Pero el gorrión sacudió la cabeza. Inmediatamente trajeron dos cestas de mimbre.
─Una de ellas es muy pesada ─explicó el gorrión─, y la otra es ligera. Di, amo: ¿cuál de las dos prefieres?
─Ya no soy tan joven como antes ─dijo el anciano─. Te lo agradezco mucho, y escojo la cesta ligera; me será más fácil de transportar… es decir, si no te importa.
El anciano regresó a su hogar con la cesta ligera. Al abrirla, vio, admirado, que estaba llena de oro y plata, de coral, jade y piezas de seda. El anciano se convirtió en un hombre rico, y rico permaneció el resto de su vida.
Cuando la perversa anciana oyó la historia, se calzó sus sandalias, se puso sus faldas y, tomando un grueso bastón, se dirigió, por entre valles y colinas, a la casa del gorrión. Allí lo encontró, y con él a sus hermanos y hermanas, a su esposa e hijos y también a su suegra, su madre y su abuela. La verdad es que al pajarillo y a su familia no les hizo mucha gracia ver a la malvada anciana, pero no podían hacer otra cosa que invitarla a entrar, tras un camino tan largo. Le ofrecieron arroz rojo y también blanco, daikon y pescado y quién sabe cuántas cosas más. La mujer lo engulló todo en un santiamén y se bebió una generosa copa se sake. Entonces se puso en pie y dijo:
─No puedo perder más tiempo aquí, así que será mejor que saquéis los regalos.
Trajeron dos cestas de mimbre.
─Una de ellas es muy pesada ─explicó el gorrión─, y la otra es ligera. Decid, señora, ¿cuál de las dos cestas preferís?
─Me quedaré con a cesta más pesada ─dijo la mujer, rauda como el rayo. Así que la cargó en su espalda y se fue. La cesta realmente pesaba como el plomo.
Cuando la anciana hubo partido, ¡Señor! ¡Qué hartón de reír se hicieron los gorriones!
Al llegar a casa, a la anciana le faltó tiempo para desatar las correas que ataban la cesta. «¡Y ahora, a coger mi oro y mi plata!››, dijo, sonriendo. ¡Y era la primera vez que sonreía en mucho tiempo! Alzó la tapa de la cesta.
«¡Ai! ¡Ai! ¡Kowai! ¡Obaké da! ¡Obaké!››, chilló la anciana.
La cesta estaba llena de horribles diablillos, de duendes y trasgos, elfos y demonios. Salieron todos de la cesta y empezaron a fastidiar a la anciana, empujándola y dándole pinchazos y pellizcos. Os puedo garantizar que la cruel anciana se llevó el susto de su vida.
  
Fin     

Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco


No puedo evitar sentir tristeza por el gorrión y su perdida lenguita de este cuanto... A mi siempre me gustaron estos animalitos, crié varios pichones que cayeron de sus nidos y uno de ellos era cieguito y vivió hasta la corta edad de 3 años... Ahora suelo darles de comer en al patio de mi casa y me sorprende lo inteligentes y confianzudos que son :)

¡Nos leemos en la próxima entrada! 
¡Gracias por visitar mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

4 comentarios :

  1. Me encantó, gracias por compartir, saludos!

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  2. A la edad de unos seis años, le encargué a mi padre un libro de cuentos esperando me llevara algo como Tarzán, El Pato Donald, Tio Rico etc., pero me llevó el libro de Cuentos de Hadas Japoneses, el cual lo tuve por mucho tiempo en mis cosas; recuerdo el cuento del gorrión sin lengua y acabo de leerlo para recordar aquellos tiempos de infancia, quisiera poder leerlos todos.

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    Respuestas
    1. No te preocupes, todos los meses voy a postear uno hasta terminar el libro :>) ¡No olvides comprar el original! ¡Apoya a la editorial! :)

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