domingo, 10 de enero de 2016

Cuentos de Hadas Japoneses: Hana-Saka-Jiji

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

Hana-saka-jiji





Había una vez, hace mucho tiempo, muchísimo tiempo, una pareja de ancianos honestos y trabajadores, aunque muy pobres. Con el poco dinero que conseguían, apenas les alcanzaba para vivir en el ocaso de su existencia.
A pesar de las estrecheces que padecían, nunca se quejaban. Día tras día se mostraban alegres y felices. Si en alguna ocasión tenían que irse a la cama hambrientos o muertos de frío, nunca lo demostraban. Compartían el más pequeño bocado con su perro, por el que sentían mucho cariño. Era un animal bueno, leal e inteligente.
Cierta tarde, los ancianos salieron al jardín para cuidar las flores y el perro les acompañó. Mientras trabajaban, el perro empezó a husmear en la tierra y al cabo de poco se puso a escarbar con las patas.
─¿Qué debe haber encontrado? ─preguntó la mujer.
 ─¡Oh, supongo que nada! ─contestó el anciano─. Sólo está jugando.
─Pues no parece un juego ─repuso la anciana─. Creo que ha encontrado algo que puede valer la pena.
Se acercaron para ver qué hacía el perro. El anciano asía con fuerza la pala. El animal había hecho ya una buen agujero y seguía escarbando con sus patas, mientras ladraba con impaciencia. El anciano ayudó al animal con su pala y en poco tiempo lograron desenterrar un gran cofre completo de tesoros: oro, plata, joyas y abalorios lujosos.
Es fácil imaginar la gran alegría que sintieron los ancianos. Acariciaron al inteligente perro y éste daba saltos y les lamía la cara. Llevaron el tesoro a su casa mientras el perro seguía ladrando y corriendo de un lado a otro.
En la casa contigua vivía otra pareja de ancianos, pero no eran bondadosos como ellos, sino viles y envidiosos. Cuando el perro encontró el tesoro enterrado, los malvados ancianos estaban espiando a través de un agujero en la cerca de bambú, así que lo vieron todo.
¿Creéis que se alegraron? ¡Ni mucho menos! Sintieron tal rabia y envidia que no pudieron pensar en otra cosa durante todo el día.
Al fin, el anciano envidioso fue a ver a su vecino y le dijo:
─Vengo a que me prestes el perro.
─Encantado de ayudarte ─fueron las palabras del anciano bondadoso─, llévatelo y que tengas suerte.
Y así, el anciano malvado cogió al perro y se lo llevó a la mejor habitación de la casa. Su esposa trajo una opípara cena, cuajada de suculentos manjares, y la colocó delante del animal.
─Honorable perro ─dijo─, eres bueno y sabio. Come y encuentra después un tesoro para nosotros.
Pero el perro no quería comer.
─Pues si tú no quieres, ¡más habrá para nosotros! ─exclamaron los avariciosos ancianos, y en un abrir y cerrar de ojos se zamparon la cena del perro. Al acabar, ataron una cuerda al cuello del animal y lo sacaron a rastras al jardín para que encontrara un tesoro. Pero el perro no encontró nada. Ni el más pequeño rastro de un tesoro; ni oro ni riquezas, nada de nada.
─¡Esta bestia está endemoniada!─gritó, lleno de rabia, el anciano malvado, golpeando al perro con su largo bastón. Entonces el animal empezó a escarbar la tierra con sus patas.
─¡El tesoro es nuestro! ¡El tesoro es nuestro! ─exclamó el anciano malvado, dirigiéndose a su mujer.
Pero no fue un tesoro lo que desenterró el perro, sino un montón de basura apestosa, tan repugnante que es mejor no detenerse a explicarlo. El olor que despedía era nauseabundo y los dos malvados ancianos tuvieron que salir corriendo, tapándose la nariz con las mangas.
─¡Agh, qué asco! ─gritaron─, el perro nos ha engañado.
Aquella noche mataron al animal y lo enterraron al pie de un gran pino.
¡Oh, pobres ancianos bondadosos! Cuando supieron el triste final de su fiel amigo, lloraron amargamente y alfombraron con flores el lugar donde yacía. Quemaron incienso y esparcieron sobre su tumba olorosos perfumes, cuyo aroma reconfortó el espíritu del animal.
El anciano, entonces, taló el viejo pino e hizo un mortero con su madera. Lo llenó de arroz y empezó a machacarlo.
─¡Oh maravilla! ─exclamó la anciana─. ¡Nuestro arroz se ha convertido en piezas de oro! ─. Y era cierto.
Al cabo de poco se presentó el anciano malvado para pedir prestado el mortero:
─Tómalo ─ofreció el anciano bondadoso─, te deseo lo mejor.
El malvado anciano se llevó el mortero bajo el brazo y al llegar a casa lo llenó de arroz en un santiamén. Empezó a chafarlo y triturarlo como si le fuera la vida en ello.
─¿Tú ves que se convierta en oro? ─preguntó a su mujer, que también estaba mirando.
─Ni por asomo ─contestó─; sin embargo, parece que el arroz se está volviendo raro.
Y bien raro que se estaba volviendo; podrido y enmohecido, tan malo que ningún hombre ni ningún animal hubieran podido aprovecharlo.
─¡Agh, qué asco! ─gritaron─, el mortero nos ha engañado. ─Y encendieron un fuego y lo quemaron.
Los bondadosos ancianos acababan de perder su mortero mágico, pero no se quejaron ¡tan buenos y pacientes eran!
El buen anciano recogió un poco de las cenizas que quedaron del mortero. Era, por aquel entonces, invierno, y todos los árboles habían perdido sus hojas. No se veía ni una sola flor, ni una sola brizna de hierba.
Y… ¿qué hizo el anciano bondadoso? Pues subió a un cerezo y esparció un puñado de aquellas cenizas sobre las ramas. Casi al momento, el árbol se llenó de flores.
─¡Funcionará! ─se dijo el buen anciano, bajando del árbol y dirigiéndose al palacio del Príncipe.
Cuando llegó, llamó a la puerta con fuertes golpes.
─¿Quién eres? ─le preguntaron.
─Soy Hana-saka-jiji ─dijo─, «el hombre que hace florecer los árboles muertos››; deseo ver al Príncipe.
El Príncipe recibió al anciano y éste le demostró el poder que aquellas cenizas que traía consigo ejercían sobre los árboles muertos.
El Príncipe se sintió tremendamente asombrado y satisfecho al ver florecer sus cerezos, sus melocotoneros y ciruelos.
─¡Cómo! ─exclamó, maravillado─, estamos en pleno invierno y tenemos ante nosotros la alegría de la primavera en todo su esplendor.
Llamó a su esposa, a sus doncellas y a sus criados para que vieran el prodigio que había hecho Hana-saka-jiji. Poco después, lo mandaron de vuelta a casa, cargado con una gran recompensa.
Pero… ¿qué pensaron los dos malvados ancianos cuando vieron a su vecino regresar con la recompensa? ¿se sintieron satisfechos? ¡Oh, no! ¡En absoluto!
Amontonaron todas las cenizas que quedaban, las vertieron en una cesta y fueron por toda la ciudad gritando: «¡Somos Hana-saka-jiji! ¡Podemos hacer que los árboles muertos florezcan!
El Príncipe y toda su corte salieron para ver el espectáculo. El anciano malvado trepó a un árbol y esparció sus cenizas.
Pero el árbol no floreció. Las cenizas volaron hasta meterse a los ojos del Príncipe, quien montó en cólera. Los malvados ancianos fueron prendidos y apaleados. Aquella noche volvieron arrastrándose a casa, tristes y arrepentidos. Se cuenta que, tras ese escarmiento, acabaron enmendando su actitud.
En cuanto a sus bondadosos vecinos, fueron ricos y vivieron felices hasta el fin de sus días.

FIN


Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco

Notas de una Bloggera Descuidada: ¡Por fin publiqué otra entrada! Lo siento, estaba ocupada (y sigo estando) con mi negocio y con mi nuevo proyecto de webtoon: La Guardaespaldas. Espero que pasen a leerlo alguna vez :)
¡Gracias por seguir visitando mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu




2 comentarios :

  1. Siempre veo las maravillas de las historias de otros tiempos!!! Mis saludos a todos los que no quieren seguir creciendo....Continuemos siendo niños y pensar que vivir es tener la mente alegre con nuestros cuentos unos ciertos y decirme y porque no???

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    Respuestas
    1. ¿Y por qué no? ¡Hay que mantener el alma de un niño como Saint Exupery, el escritor de El Principito! :>)

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