domingo, 20 de marzo de 2016

Cuentos de Hadas Japoneses: La doncella de Unai

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

La doncella de Unai



La Dama de Unai era hermosa como una deidad terrenal, pero los ojos de los hombres no tenían ocasión contemplarla. Vivía oculta en la casa de sus padres, y nadie sabía en qué ocupaba sus horas, excepto su padre, que la vigilaba; su madre, que la custodiaba, y la anciana niñera, que la atendía. Ved cual fue la causa de su reclusión.
Cuando la doncella era una niña de siete años que llevaba el pelo suelto sobre los hombros, un viajero, descalzo y desfallecido, llegó a la casa de su padre. El anciano fue recibido con exquisita cortesía: se le sirvió arroz y té, y sus anfitriones se esforzaron en honrarle. Mientras, la pequeña corría arriba y abajo, estiraba a su madre del vestido o correteaba con sus pies desnudos sobre las alfombras. El extranjero alzaba sus ojos y observaba a la pequeña.
Después de haber comido, pidió un cuenco de agua y, sacando de su bolsa un puñado de arena plateada, dejó que se filtrara por entre sus dedos y que cayera hasta el fondo del cuenco. Entonces dijo a su anfitrión:
─Mi señor: estaba hambriento y desfallecido, y vos me habéis alimentado y confortado. Soy un hombre pobre y no dispongo de recursos materiales para demostraros mi gratitud. Sin embargo, soy adivino de profesión y mis oráculos son famosos por su precisión. Así, pues, como agradecimiento a vuestra amabilidad, he mirado el futuro de vuestra hija. ¿Queréis oír su destino?
La niña permaneció arrodillada en un rincón de la estancia, botando una pequeña pelota verde.
El amo de la casa pidió al adivino que hablara. Éste observó el interior del cuenco de agua, donde había vertido la arena, y dijo:
─La Doncella de Unai crecerá más hermosa que ninguna otra criatura. Su belleza resplandecerá como la de una deidad terrenal. Todos los hombres que la contemplen se consumirán de amor y deseo, y cuando alcance la edad de quince años morirán por ella dos héroes: uno de estas tierras y otro de las provincias lejanas. Habrá gran duelo y dolor por su causa, y los lamentos serán tan grandes que llegarán al Cielo y romperán la paz de los dioses.
Al oír estas palabras, el amo de la casa dijo:
─¿Existe alguna posibilidad de que su profecía no se cumpla?
─No, mi Señor ─contestó el adivino─: se ha de cumplir necesariamente.
Y diciendo esto, calzó sus sandalias y, tomando su bolsa y su gran gorro de paja, retomó su camino en silencio; nunca más se volvió a saber de él en aquellos lugares.
La pequeña siguió arrodillada en un rincón de la estancia, botando su pelota verde. El padre y la madre, afligidos, se sentaron a deliberar.
Mientras lloraba, la madre dijo:
─¿Quién puede alterar los designios del Cielo?
─¡Yo lucharé para cambiarlos! ─resolvió el padre─. Impediré que se cumpla el presagio. ¿Voy a conformarme con los ladridos de un adivino?
Y, a pesar de que su mujer sacudía la cabeza sollozando, él no le hizo caso.
Así que mantuvieron oculta a la pequeña en una habitación secreta, donde una anciana y sabia mujer cuidaba de ella, la alimentaba, la bañaba y la peinaba. Esta mujer le enseñó también a componer canciones, a cantar y a bailar haciendo que sus pies se movieran como mariposas sobre blancas esteras. La niña aprendió, asimismo, a sentarse frente a un telar para trabajar con la aguja y el hilo de seda horas y horas.
Durante ocho años, la niña no vio a ningún ser humano excepto a su padre, su madre y su niñera: tan sólo a ellos tres. Pasaba sus días oculta en su habitación, ajena al mundo exterior. Únicamente por la noche, cuando la luna brillaba, los pájaros dormían y las flores ocultaban sus colores, podía la pequeña salir al jardín de la casa de sus padres.
Cada estación que pasaba, la muchacha se volvía más y más hermosa. Su largo pelo, negro como una nube de tormenta, llegaba hasta sus rodillas. Su frente era como la flor del ciruelo; sus mejillas, dos cerezas silvestres, y su boca, tan hermosa como una granada. A los quince años era la muchacha más bella que jamás haya existido. El sol enfermaba de celos ante su encanto, pues sólo la luna resplandecía más que ella.
Más a pesar del encierro, corrió la voz sobre su belleza. Y debido a que siempre había permanecido oculta, los hombres pensaban todavía más en ella y deseaban ansiosamente poder contemplarla. El misterioso encanto de la doncella atrajo a galanes y guerreros, y de todas partes llegaban a la casa de Unai multitud de hombres distinguidos. Rodearon la vivienda con sus brillantes espadas y juraron no dejar el lugar hasta haber visto a la doncella fuera del modo que fuera. Entonces, el amo de la casa mandó a su esposa que trajera a la muchacha. Cuando la madre fue a buscarla, le llevó una túnica de seda gris y un gran ceñidor de brocado verde y oro. La mujer encontró a su hija sentada en su refugio secreto, cantando:
«Nada ha cambiado desde el tiempo de los dioses, ni el murmullo del agua ni los designios del amor»
La madre quedó atónita y le preguntó:
—¿Qué clase de canción es ésta y dónde has oído tú hablar del amor?
—He leído acerca del amor en un libro —respondió la hija.
La madre y la anciana niñera, entonces, le recogieron el pelo con horquillas de oro y coral y lo sujetaron con una gran peineta lacada. «¡Cómo pesa!», pensó la muchacha. Mientras la vestían, la chica se estremeció y dijo:
—¡Tengo frío!
Entonces le echaron un manto sobre los hombros, pero ella se lo quitó exclamando:
—¡No, no!, ¡me abraso!
Pintaron sus labios con beni y, al verlo, murmuró la joven: «¡Tengo sangre en los labios!». La hicieron salir al balcón para que los hombres reunidos alrededor de la casa pudieran contemplarla: era la mujer más hermosa que jamás habían visto; su belleza resplandecía como la de una deidad terrenal. Todos los guerreros la con-templaban en silencio, pues se habían quedado mudos de anhelo y amor. La doncella permanecía de pie, miran-do al suelo, y poco a poco sus mejillas se ruborizaron, por lo que se volvió aún más bella.
Tres o cuatro hombres valerosos pidieron su mano, hipnotizados de amor; entre ellos destacaban dos por la nobleza de su linaje y por su valentía. Uno de ellos, llegado de muy lejos, era el mejor paladín de Chinu y el otro era el mejor paladín de las tierras de Unai. Ambos eran jóvenes morenos, atractivos y fuertes; tenían la misma edad, fuerza y valor e iban armados con grandes espadas. En su espalda llevaban un carcaj lleno de flechas y en la mano, un gran arco de madera blanca. Permanecieron bajo el balcón de la Dama de Unai, como dos hermanos gemelos en belleza y gallardía. Gritaron al unísono con voces apasionadas, proclamando su amor eterno y pidiendo a la doncella que escogiera a uno de ellos.
Ella alzó sus ojos y los miró fijamente, pero no dijo una palabra.
Entonces los dos guerreros desenvainaron sus espadas con la intención de batirse en duelo, pero el padre de la doncella habló: «Guardad vuestras espadas, nobles caballeros; he ideado un modo mejor para decidir esta cuestión. Si os place, entrad en mi casa».
Una parte de la casa de Unai estaba construida encima de una plataforma suspendida sobre el río, que fluía por debajo. Era el quinto mes; la glicina estaba en flor sobre el enrejado y caía hasta llegar al agua. El río corría rápido y caudaloso. Hasta allí llevó el amo de la casa a los dos caballeros y a la doncella; la madre y la anciana niñera se mantuvieron aparte, escondiendo sus rostros tras las largas mangas de sus vestidos. En aquel instante, un ave acuática descendió del cielo y se posó, aleteando, sobre las aguas del río.
«Ahora, caballeros», gritó el padre de la doncella, «coged vuestros arcos y disparad vuestras flechas a ese pájaro blanco que nada sobre el río. Aquel de vosotros que lo alcance y pruebe ser el mejor tirador se casará con mi hija, la incomparable Doncella de Unai».
Inmediatamente, los dos guerreros tensaron sus arcos de madera blanca y dispararon a la vez. Cada flecha partió veloz; cada flecha dio en el blanco. El paladín de Chinu acertó al pájaro en la cabeza, pero el de Unai le dio en la cola, esparciendo sus blancas plumas. Entonces los dos guerreros gritaron: «¡ Ya basta de frivolidades! ¡Sólo hay un modo de resolver esto!». Y de nuevo desenvainaron sus espadas.
La doncella temblaba, agarrando con sus manos el nudoso tronco de glicina. Al temblar, sacudía las ramas haciendo que las débiles flores cayeran sobre ella. «¡Caballeros, caballeros !», gritó, «¡Oh, valientes y apuestos héroes! No es justo que uno de vosotros haya de morir por mi causa. Os respeto y amo a los dos, y es por esto por lo que debo deciros adiós». La doncella, agarrándose todavía a la glicina, se balanceó sobre la barandilla del balcón y se lanzó al profundo y caudaloso río.
«No lloréis», gritó, «pues no es una mujer la que muere hoy, sino una niña». Y dicho esto, se la tragaron las aguas.
El paladín de Chinu y el de Unai se lanzaron inmediatamente tras ella. Pero ¡ah!, sus armas eran muy pesadas y se hundieron en las aguas del río. De este modo, murieron ahogados los tres.
Aquella noche, al brillar la luna, la pálida doncella emergió flotando sobre la superficie del agua. El paladín de Unai cogía la mano derecha de la doncella con la suya y el paladín de Chinu, con una sonrisa en los labios, recostaba su cabeza sobre el corazón de la muchacha, atado a ella por un rizo de su largo y hermoso pelo.
Los tres cadáveres fueron sacados del agua y colocados juntos sobre un féretro de fina madera blanca. Los cubrieron con hierbas y flores y sobre sus rostros extendieron un velo de seda blanca. Encendieron hogueras y quemaron incienso. Aquellos galanes y guerreros, hombres distinguidos que amaban a la doncella, permanecieron de pie frente al féretro, saludándolo con sus brillantes espadas. Hubo gran dolor y los lamentos fueron tantos que llegaron al Cielo y perturbaron la paz de los dioses.
Se cavó una tumba ancha y profunda y los tres fue-ron enterrados juntos. La doncella descansaba en medio de los dos guerreros. El lugar de nacimiento del paladín de Chinu era Idzumo, así que, en un junco, trajeron tierra de aquel lugar y con ella lo cubrieron.
La doncella descansó eternamente en su tumba, los dos paladines junto a ella, enterrados con sus arcos de madera blanca, sus armaduras, lanzas y espadas.

Fin


Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco


¡Nos leemos en la próxima entrada! 
¡Gracias por visitar mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu




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