domingo, 3 de julio de 2016

Cuentos de Hadas Japoneses: La Niñera

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

La Niñera

 

Idé el samurai tenía una bella esposa y un solo hijo, llamado Fugiwaka. Idé era un guerrero muy valiente y, a menudo, estaba ausente de su hogar, a las órdenes de su señor feudal. Así que el pequeño Fugiwaka fue criado y educado por su madre y por su niñera, una mujer fiel y leal llamada O'Matsu, que significa Pino. Y así era ella: fuerte y lozana como el pino, resistente e inquebrantable.
En la casa de Idé había una espada preciosa. Tiempo atrás, en una batalla, un héroe del clan de los Idé mató a cuarenta y ocho enemigos con esa espada. Este arma era el más preciado tesoro de Idé: la mantenía escondida en lugar seguro, junto a sus dioses del hogar.
Cada mañana y cada noche, el pequeño Fugiwaka se postraba antes los dioses del hogar para honrarlos y para honorar la gloriosa memoria de sus ancestros; arrodillada junto a él estaba siempre O'Matsu, la niñera.
Todas los días, Fugiwaka pedía a la niñera: «¡muéstrame la espada, O'Matsu!».
Y O'Matsu respondía: «Te la mostraré, mi Señor».
Entonces sacaba la espada del lugar donde estaba guardada, envuelta en un paño de brocado rojo y oro. Quitaba el paño, sacaba la espada de su dorada vaina y mostraba el refulgente acero al pequeño Fugiwaka; el niño se inclinaba hacia delante, en señal de obediencia, hasta tocar la estera con su frente.
A la hora de irse a dormir, O'Matsu cantaba nanas al pequeño. Una de estas nanas decía:
«Duerme, mi pequeño, duérmete dulcemente,
¿quieres saber el secreto, el secreto
de la liebre de Nennin Yama?
Duerme, mi pequeño, duérmete dulcemente:
conocerás el secreto.
¡Oh, la gran liebre de Nennin Yama!
¡Qué largas tiene las orejas!
¿Por qué son así, oh, mi amor?
Conocerás el secreto.
Su madre comía semillas de bambú,
shhhhh, shhhhh;
su madre comía semillas de níspero,
shhhhh, shhhhh.
Duerme, mi pequeño, duérmete dulcemente:
ahora ya conoces el secreto.»

Entonces O'Matsu decía:
—¿Dormirás ahora, mi Señor Fugiwaka?
—Ahora dormiré, O'Matsu —respondía el niño.
—Escucha bien, mi Señor —decía ella—, y, dormido o despierto, recuerda: la espada es tu tesoro; la espada es tu deber; la espada es tu fortuna. Ámala, albérgala, guárdala.
—Dormido o despierto, lo recordaré —decía el niño.
Entonces, un infausto día, la madre de Fugiwaka cayó enferma y murió. Hubo gran duelo y dolor en la casa de Idé. Pero, con el paso de los años, el samurai tomó una nueva esposa con la que tuvo un hijo al que llamaron Goro. Poco después, Idé murió en una emboscada. Sus sirvientes llevaron el cuerpo a casa y lo enterraron junto a la tumba de sus padres.
Ahora Fugiwaka era el Señor de la casa de Idé. Pero su madrastra, la Señora Sadako, se sentía muy insatisfecha. Oscuros sentimientos se agitaban en su corazón; fruncía el ceño y albergaba perversas ideas mientras llevaba a su hijo en brazos. Por la noche, lo colocaba sobre su cama mientras decía:
«Mi hijo es un mendigo, mientras Fugiwaka es el Señor de la casa de Idé. ¡Mala fortuna caiga sobre él!», exclamaba la orgullosa mujer. «No voy a tolerarlo, ¡mi hijo, un mendigo! Antes lo estrangularía con mis propias manos...» Así hablaba mientras daba vueltas en la cama, urdiendo planes para cambiar la situación.
Cuando Fugiwaka cumplió quince años, su madrastra lo expulsó de la casa. Vestido con harapos, descalzo, sin ni siquiera comida o dinero que le ayudara en su camino: así tuvo que marcharse.
—¡ Ah, madre! —exclamó Fugiwaka—, ¿por qué me maltratas? ¿Por qué me despojas de mis derechos de nacimiento?
—No sé nada sobre derechos de nacimiento —respondió ella—. Marcha y busca tu fortuna, si es que puedes. Ahora tu hermano Goro es el Señor de la casa de Idé.
Y tras estas palabras, le cerró la puerta.
Fugiwaka partió lleno de dolor y tristeza. En un cruce de caminos, O'Matsu, su niñera, se reunió con él. Llevaba todo lo necesario para emprender un viaje: una buena túnica, un bastón en la mano y sandalias calzando sus pies.
—Mi Señor —le dijo—, vengo para seguirte: iré contigo hasta el fin del mundo.
 Entonces Fugiwaka rompió a llorar y recostó su cabeza sobre el pecho de la mujer.
—¡Ah! —sollozó—, mi niñera, mi niñera... ¿y qué ocurrirá con la espada de mi padre? He perdido la preciosa espada de Idé. La espada es mi tesoro, mi deber y mi fortuna. Mi destino es amarla, albergarla, guardarla. Pero ahora ya no la tengo. ¡Qué desgraciado soy! ¡Estoy perdido, y también lo está la casa de Idé!
—¡Oh, no digas eso, mi Señor! —exclamó O'Matsu—. Toma este oro, sigue tu camino y yo regresaré para guardar la espada de Idé.
O'Matsu regresó entonces a la casa, sacó la espada del lugar donde estaba guardada, junto a los dioses del hogar, y la enterró en un sitio seguro, en espera de que llegara el día en que pudiera entregársela a su joven Señor.
Pero la Señora Sadako muy pronto se dio cuenta de la desaparición de la espada.
—¡Ha sido la niñera! —gritó, enfurecida—. La niñera la ha robado... Id a buscarla y traedla a mi presencia.
Los criados de la Señora Sadako prendieron bruscamente a O'Matsu y la llevaron ante la mujer. Pero por más que lo intentaron, no pudieron averiguar nada. Los labios de O'Matsu estaban sellados: la Señora Sadako no consiguió enterarse de dónde estaba la espada.
—Es una mujer testaruda, pero no importa: conozco el remedio para que hable.
 Así que encerró a O'Matsu en una oscura mazmorra y la privó de comida y agua. La Señora Sadako iba cada día hasta la puerta de la mazmorra y le hacía siempre las mismas preguntas:
—Bien —decía—, ¿dónde está la espada de Idé? ¿Vas a decírmelo?
Pero O'Matsu no respondía.
En la oscuridad de su encierro, la mujer lloraba y suspiraba: «dioses, dioses, no volveré a ver a mi joven Señor. Pero él ha de tener la espada de Idé y yo debo encontrar la manera de que así sea.
Al cabo de siete días, la Señora Sadako se sentó un rato en el jardín, intentando encontrar un poco de aire fresco en el calor del verano. Era ya hacia el atardecer, cuando la Señora vio a una mujer que caminaba a través de las flores y árboles del jardín. Se trataba de una mujer delgada, de apariencia frágil; mientras se acercaba con pasos titubeantes, su cuerpo oscilaba y se mecía.
«¡Cómo, qué extraño!», se dijo la Señora Sadako. «Es O'Matsu... ¡pero si estaba encerrada en la mazmorra!» Y se quedó sentada, inmóvil, observando.
 O'Matsu fue hasta el lugar donde había enterrado la espada y escarbó la tierra con sus dedos, llorando y lamentándose. Sus manos sangraban. Lentamente fue apartando la tierra hasta que al fin encontró la espada. Allí estaba, en su envoltorio escarlata y oro. Entonces la niñera, con un gran grito, se hundió el arma en el pecho.
 —¡Ahora sí eres mía, mujer! —chilló la Señora Sadako—, ¡y mía es también la espada de Idé!
Salió corriendo a toda prisa, extendiendo su mano para coger a O'Matsu por la manga. Pero no pudo asirla, ni a ella ni la espada, pues ambas desaparecieron de repente. La dama volvió rápidamente a la mazmorra, mientras llamaba a sus siervos para que trajeran antorchas. Y allí, sobre el suelo de la celda, encontraron el cuerpo de la pobre O'Matsu, frío y sin vida.
—Traedme a la Mujer Sabia —ordenó la Señora Sadako.
Cuando tuvo a la Mujer Sabia ante sí, la Señora Sadako le preguntó:
—¿Cuánto tiempo lleva muerta?
La Mujer Sabia respondió:
—Ha muerto de sed y de hambre; lleva muerta dos días. Haríais bien en darle el funeral que merece, pues era un alma bondadosa.
En cuanto a la espada de Idé, nunca fue encontrada.
Muy lejos de allí, en una posada, Fugiwaka se removía inquieto en la cama. Le pareció que su niñera venía hacia él y se arrodillaba junto a su lecho. Entonces se tranquilizó.
O'Matsu le dijo:
—¿Dormirás ahora, mi Señor Fugiwaka?
—Ahora dormiré, O'Matsu —respondió él.
—Escucha, mi Señor —prosiguió ella—, y, dormido o despierto, recuerda: la espada es tu tesoro; la espada es tu deber; la espada es tu fortuna. Ámala, albérgala, guárdala.
La espada estaba envuelta en un paño escarlata y oro, y ella la dejó junto a Fugiwaka. El muchacho despertó de repente y vio que eran sus propias manos las que asían con fuerza la espada de Idé.
—Dormido o despierto —dijo—, lo recordaré.

Fin

Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco


¡Nos leemos en la próxima entrada! 
¡Gracias por visitar mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu


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