domingo, 7 de agosto de 2016

Cuentos de Hadas Japoneses: La Triste Historia de la Hija del Yaoya

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

La Triste Historia de la Hija del Yaoya
 

En cierta ocasión, un trovador errante llegó a una gran mansión en Yedo, cuyos habitantes estaban ansiosos por encontrar distracciones.
—¿Preferís una danza o una canción? —preguntó el trovador—, ¿o tal vez os gustaría más oír una historia?
Los presentes le pidieron que les contara una historia.
—¿Un relato de amor o un relato de guerra? —dijo el trovador.
—¡Oh!, ¡un relato de amor! —respondieron.
Todos estuvieron de acuerdo en que querían escuchar una narración cargada de tristeza.
—De acuerdo —dijo el trovador—: escuchad, pues, la historia que voy a contaros, la triste historia de la hija del Yaoya.
Y de este modo empezó a narrar.

El Yaoya era un hombre humilde y trabajador. Tenía una hija que era una de las doncellas más hermosas de todo Yedo. Debéis saber que los habitantes la consideraban una de las cinco beldades de la ciudad, que crecían como cinco cerezos en el despertar de la primavera.
En otoño, los cazadores usan una flauta como reclamo para atraer a los ciervos salvajes. Ese sonido es el señuelo que engaña a estos animales, pues lo confunden con la llamada de sus parejas. Mediante este engaño, los ciervos son cazados, pues la atracción llama a la atracción; la juventud, a la juventud; la belleza, a la belleza, y el amor llama al amor. Es una regla universal. Y esta regla fue la perdición de la hija del Yaoya.
Hubo, por aquel entonces, un gran incendio en Yedo, tan devastador y terrible que media ciudad sucumbió bajo las llamas. La casa del Yaoya también se quemó. El Yaoya, su mujer y su hija se encontraron sin techo, sin ningún lugar para cobijarse. Fueron a un templo budista en busca de refugio y se quedaron allí todos los días que tardaron en reconstruir su casa, que fueron muchos. ¡Ah, la pobre hija del Yaoya! Cada mañana, al alba, tomaba un baño en las límpidas aguas del manantial que había cerca del templo. Tras el baño, se ponía su vestido azul y se sentaba en la orilla del manantial para peinar su largo pelo. Las estrellas envidiaban el brillo de sus ojos y las rosas, el color de sus mejillas. Era una hermosa y esbelta joya de apenas quince años y su nombre era O'Schichi.
Su padre le pidió: «Barre el templo y los patios; es lo menos que podemos hacer por estos monjes que tan gentilmente nos han acogido». Así que O'Schichi tomó una escoba y se puso a barrer. Hacía su trabajo cantando, feliz, y los suelos del templo, antes grises, brillaban ahora como si fueran nuevos.
Había un joven discípulo que servía en aquel lugar sagrado: se trataba de un muchacho bello y apuesto. No pasaba un solo día sin que escuchara las canciones de O'Schichi, mientras la contemplaba, siguiéndola por todo el templo.
No transcurrió mucho tiempo antes de que se enamorara de ella. La juventud llama a la juventud; la belleza, a la belleza, y el amor llama al amor. Y tampoco transcurrió mucho tiempo antes de que ella se enamorara de él.
Se encontraban a escondidas en los campos que había detrás del templo. Cogidos de la mano, ella apoyaba su cabeza en el hombro del muchacho:
—¡Ah! —lloraba ella—, ¡qué cosa tan extraña! Soy feliz y desgraciada al mismo tiempo. ¿Por qué te quiero, amor mío?
—Es por el poder del Karma —explicó el joven discípulo—. Pero aun así, estamos pecando, ¡oh amada mía! Grande es nuestra culpa y no sé qué consecuencias puede traer.
—¡Oh, cielos! —exclamó ella—, ¿se enojarán los dioses con nosotros, a pesar de nuestra juventud?
—No lo sé —respondió él—, pero tengo miedo.
Entonces se abrazaron, temblando y sollozando. Se juraron amor eterno aunque vivieran mil vidas, mil existencias.
La casa del Yaoya, en el barrio de Honjo, fue al fin reconstruida tras el incendio y él y su mujer, felices, volvieron a su hogar.
O'Schichi escondió su rostro tras las mangas de su vestido, llorando amargamente.
—¿Qué es lo que te aflige? —le preguntó su madre.
La muchacha lloraba y gemía, meciéndose lentamente: «Oh, oh,oh».
—Hija, ¿qué te ocurre? —le preguntó su padre.
La muchacha seguía llorando y meciéndose: «Oh, oh, oh».
Aquella noche fue al campo que había detrás del templo. Allí la esperaba el joven discípulo, pálido y triste, escondido tras los árboles.
—Van a separarnos —dijo ella entre lágrimas—: los dioses están enojados con nosotros, a pesar de nuestra juventud.
—¡Ah! —exclamó él—, ése era el miedo que yo tenía... Adiós, amada mía, dulce doncella. Recuerda siempre que nos prometimos amor eterno.
Se abrazaron, temblando y llorando, y se dijeron adiós más de mil veces.
A la mañana siguiente, se llevaron a O'Schichi de vuelta a casa, en el barrio de Honjo. Ella empezó a languidecer. Su rostro empalidecía día a día, hasta que alcanzó la blancura de la flor del alforfón. Toda ella se marchitó: ya no la contaban entre las cinco beldades de Yedo, ni la comparaban con los almendros en el despertar de la primavera. Pasaba los días perdida en sus pensamientos y las noches, tendida en su cama, despierta.
—¡Oh, oh! —sollozaba—, ¡qué agotador es el peso de la noche! ¿Acaso no he de ver a mi amado nunca más? ¿Es mi destino morir de anhelo? ¡Oh, oh!, ¡qué agotador es el peso de la noche!
Sus ojos se consumían.
—¡Dioses, pobre hija mía! —se lamentaba el padre.
—Tengo miedo... —decía la madre—: perderá sus encantos... ya ni siquiera llora.
Un día, al fin, O'Schichi se levantó de la cama y recogió un gran fajo de paja. La amontonó en el porche de a casa de su padre, añadió carbón y lo encendió. Al instante, la montaña de paja empezó a arder. La madera de las paredes prendió y en poco tiempo toda la casa estaba ardiendo.
—¡Podré verle, podré verle! —chilló O'Schichi, y cayó al suelo, desvanecida.
 Toda la ciudad se enteró de que había prendido fuego a la casa de su padre. Fue llevada a presencia del juez para ser castigada por su crimen.
—Niña —dijo el juez—, ¿qué te impulsó a hacer una cosa así?
—Perdí la razón —contestó ella—; lo hice por amor. Me dije «quemaré la casa y nos quedaremos sin hogar; así buscaremos refugio en el templo y podré volver a ver a mi amado». Señor, no he sabido nada de él durante muchas, muchas lunas.
—¿Quién es tu amado? —preguntó el juez.
Y entonces ella le contó toda la historia.
La ley de la ciudad lo dejaba claro: la condena debía ser firme y ejemplar. El castigo para el crimen de la hija del Yaoya era la muerte; sólo un niño podría haber escapado a dicha condena.
—Mi pequeña doncella —dijo el juez—, ¿tienes tal vez doce años?
—No, mi Señor —contestó ella.
—¿Trece, entonces, o catorce? Hagan los dioses que tengas catorce años. Eres tan pequeña y tan delgada...
—Señor —dijo la muchacha—, tengo quince años.
—¡Oh, cielos, mi pobre doncella! —lamentó el juez—. ¡Eres demasiado mayor!
 La obligaron a permanecer durante siete días sobre el puente de Nihonbashi mientras narraban su historia por toda la ciudad. Sus actos fueron relatados desde los tejados de las casas para que todo el mundo pudiera oírlos. Y allí, sobre el puente, permaneció para que la gente la observara.
Durante siete días, pues, estuvo sobre el puente de Nihonbashi desfalleciendo bajo el fulgor del sol y bajo la mirada de los hombres. Su rostro estaba tan pálido como la flor del alforfón y sus ojos, abiertos, se con-sumían. Inspiraba más piedad que cualquier otra cosa sobre la tierra. La gente bondadosa lloraba al verla y decían: «¿Es ésta la hija del Yaoya, una de las cinco beldades de Yedo?».
Transcurridos los siete días, ataron a O'Schichi a una estaca, amontonaron ramas y palos a sus pies y les prendieron fuego. Pronto empezó a elevarse una gruesa columna de humo.
—¡Todo lo hice por amor! —gritó. Y tras estas palabras, expiró.

«Éste es el fin de la historia», dijo el trovador. «La juventud llama a la juventud; la belleza, a la belleza, y el amor llama al amor. Es una regla universal. Y esta regla fue la perdición de la hija del Yaoya.»

Fin

Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco


¡Nos leemos en la próxima entrada! 
¡Gracias por visitar mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu


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