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Gabriella Yu

lunes, 9 de enero de 2017

Cuentos de Hadas Japoneses: Urashima

Cada cultura tiene una forma especial de contarnos cuentos, pero, de todas ellas, quizá sea la japonesa la que desprenda un encanto especial.
Como si de un dulce perfume se tratara, los cuentos de hadas japoneses exhalan, con gran delicadeza, la esencia de todas las historias que se vivieron en la Tierra del Sol Naciente hace muchos años, tantos, que nadie se atrevería a jurar que fueron ciertas. Puede que estos cuentos en los que aparecen bailarinas y geishas de largas cabelleras, cortejos y amores con viejos samurais, dioses, diosas y seres sobrenaturales nos enseñen a sufrir y a amar, como humanos que somos, y acabemos sabiendo más cosas que los inmortales.

Urashima


Urashima era un pescador del Mar Interior. Al ponerse el sol salía a faenar y pescaba peces grandes y pequeños durante toda la noche, pues ése era su medio de subsistencia.
Cierta noche, la luna brillaba exuberante y su luz iluminaba la superficie del mar. Urashima se arrodilló en su bote e introdujo su mano derecha en las verdes aguas. Se inclinó sobre la borda hasta que sus cabellos rozaron las olas, sin darse cuenta de que el bote se escoraba y de que llevaba la red de pesca casi suelta. Así fue a la deriva hasta que llegó a un lugar encantado. Y no estaba despierto ni dormido: la luna lo había hipnotizado.
Apareció entonces la Hija del Mar, tomó al pescador en sus brazos y se hundió en las aguas con él, muy profundamente, hasta llegar a su fría cueva submarina. Tendió a Urashima sobre un lecho de arena y lo observó durante mucho tiempo. Cantó para él las canciones que sabía y lo hechizó con la magia de su mirada.
—¿Quién eres, hermosa dama? —preguntó él.
Ella le respondió:
—Soy la Hija del Mar.
—Déjame regresar a casa —pidió Urashima—: mis hijos me estarán esperando, agotados.
—No, será mejor que te quedes conmigo —respondió la Hija del Mar.
Y entonó la siguiente canción:
«Urashima,
pescador del Mar Interior,
hermosa criatura:
tu largo cabello está enredado en mi corazón.
No te alejes de mí:
olvida tu hogar.»

—¡Oh, no! —exclamó el pescador—, olvídalo, por los dioses... deseo ir con los míos.
Pero ella continuó:
«Urashima,
pescador del Mar Interior:
extenderé perlas en tu lecho,
lo cubriré con algas y flores marinas;
serás Rey del Mar
y reinaremos juntos.»

—Déjame volver a casa —imploró Urashima—: mis hijos me esperan y están cansados.
Pero ella siguió:
«Urashima,
pescador del Mar Interior:
no temas la tempestad que llega del Mar;
taparemos con piedras la entrada
de nuestras cuevas.
No temas a los ahogados,
pues tú nunca morirás.»

—¡Oh, no! —volvió a exclamar el pescador— Olvídalo, por los dioses... deseo ir con los míos.
—Quédate esta noche conmigo.
—No, ni pensarlo.
La Hija del Mar rompió a llorar y Urashima, al ver sus lágrimas, dijo:
—Me quedaré contigo esta noche.
Por la mañana, ella lo llevó de vuelta a la playa.
—¿Estamos cerca de tu casa? —le preguntó.
Y él respondió:
—A un tiro de piedra.
—Coge esto —pidió ella— en recuerdo mío.
Le dio un pequeño cofre de nácar. Estaba pintado con los colores del arco iris y sus cierres eran de coral y jade.
—No lo abras —advirtió ella—; ¡sobre todo, pescador, no lo abras!
Y entonces se sumergió y desapareció para siempre.
Urashima se dirigió rápidamente a su casa a través de los pinos. Mientras corría hacia el hogar, reía de alegría. Lanzó al aire el cofre y lo cogió al vuelo, como si quisiera coger el sol. «¡Ah, el dulce aroma de los pinos!», exclamó.
Al acercarse a su casa, llamó a sus hijos con una señal que les había enseñado, parecida al canto de un pájaro. Pero nadie le contestó. Urashima se preguntó, extrañado: «¿estarán aún dormidos? Es muy raro que no me respondan».
 Cuando llegó a su casa, sólo encontró cuatro paredes desnudas, cubiertas de musgo. La hierba cubría el umbral y en la chimenea había lirios y helechos muertos. Nadie habitaba esa casa.
—¿Qué ocurre aquí? —gritó Urashima—. ¿Acaso he perdido el juicio? ¿He olvidado mis ojos en el mar?
Se sentó sobre la hierba que cubría el suelo de su casa y reflexionó: «¡Que los buenos dioses me ayuden! ¿Dónde están mi esposa y mis hijos?».
Se dirigió al pueblo, que conocía como la palma de su mano; allí encontró a mucha gente que iba de un lado a otro, ocupada en sus asuntos. Pero todos le eran desconocidos.
—Buenos días, viajero —le decían—. ¿Vas a quedarte en nuestro pueblo?
Vio a unos chiquillos que estaban jugando en la calle y se acercó a ellos. Les cogió por la barbilla y levantó sus rostros para observarlos detenidamente, pero todo fue en vano.
—¿Dónde están mis pequeños? ¡Oh, Kwannon la Compasiva! Tal vez los dioses comprendan todo esto, pero yo no puedo.
Al ponerse el sol, el corazón de Urashima se había vuelto tan pesado como una losa. Se dirigió al camino que salía del pueblo y una vez allí preguntaba a los hombres que encontraba:
—Amigo, discúlpame pero... ¿conoces a un pescador del pueblo llamado Urashima?
Los hombres le respondían:
—Nunca hemos oído hablar de él.
Por aquel sendero pasaron campesinos recién llega-dos de las montañas. Algunos iban a pie; otros, montados en animales de tiro. Llegaban cantando y a la espalda traían cestas de fresas silvestres y gavillas de lirios, cuyas cabezas se inclinaban mientras los campesinos avanzaban. Pasaron también por allí unos peregrinos vestidos de blanco, con bastones y sombreros de paja, sandalias y calabazas llenas de agua. Llegaron veloces y avanza-ron como en un suspiro, todos con la cabeza ocupada en asuntos sagrados. Pasaron señores y damas, vestidos con hermosos ropajes. Al fin cayó la noche.
«He perdido ya toda esperanza», se dijo Urashima.
Pero entonces llegó un anciano.
—¡Oh, espera, anciano! —gritó el pescador— Llevas muchos años a tus espaldas. ¿Conoces por ventura a Urashima? Nació y creció en este pueblo.
El anciano contestó:
—Hubo alguien aquí con ese nombre, pero ese alguien murió ahogado hace ya mucho tiempo. Cuando yo era un chiquillo, mi abuelo hablaba a veces de él, pero apenas podía recordarle. Buen extranjero: eso fue hace muchos, muchos años.
 Urashima exclamó:
—Entonces... ¡está muerto!
—No hay nadie más muerto que él. Sus hijos y los hijos de sus hijos murieron también. Buena suerte, extranjero.
Urashima sintió cómo un terror frío se apoderaba de él, pero dijo: «debo ir al verde valle donde duermen los muertos». Y allí se dirigió.
Durante el camino, se decía: «¡Cómo sopla el viento esta noche, a través de la hierba! Los árboles tiemblan y las hojas se giran para darme la espalda».
Al llegar al valle, exclamó: «Yo te saludo, oh triste luna que iluminas las plácidas tumbas. Eres exactamente igual a mi luna de antaño. He aquí la tumba de mis hijos y las de los hijos de mis hijos. Pobre Urashima, no hay nadie más muerto que él. Aquí estoy, solo y desamparado entre ánimas y fantasmas... ¿Quién va a consolarme?».
Tan sólo le respondió el sordo suspiro del viento.
Entonces regresó a la playa. «¿Quién va a consolarme?», gritó de nuevo. Pero el cielo permaneció inmóvil y las olas continuaron rompiéndose sobre la arena.
Urashima recordó: «¡El pequeño cofre!». Lo sacó de su manga y lo abrió. De su interior emergió una débil bruma blanca, que flotaba hacia el horizonte.
«Me siento muy cansado», se dijo Urashima. En un instante su pelo se volvió más blanco que la nieve. Su cuerpo se estremeció y se encogió, sus ojos se volvieron vidriosos y su mirada, apagada. Él, que había sido tan joven y lleno de vigor, ahora flaqueba y apenas podía tenerse en pie.
«Me he convertido en un viejo», murmuró.
Hizo ademán de cerrar la tapa del cofre, pero se detuvo. «No, este humo se ha evaporado para siempre... ¿qué importa ya?»
Y así, se recostó sobre la arena y murió.

Fin

Cuento extraído del libro "Cuentos de Hadas Japoneses",
 Colección Magoria, 1999,  por Ediciones Obelisco
¡No dejes de comprar el libro impreso en cuanto puedas! ¡Ayuda al autor!


¡Nos leemos en la próxima entrada! 
¡Gracias por visitar mi blog!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu



4 comentarios :

  1. Que cuento mas triste!!!
    Que bruja y egoista fue esa tal hija del mar!!! Le robo su vida y familia al pobre hombre :(

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    Respuestas
    1. Es como que esos seres viven en su propio mundo sin tener en cuenta todo lo demás, ¿no? ¡Pobre hombre! :(

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    2. Si y es triste saber que existen ese tipo de personas :(

      Eliminar

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