Mundo Star Wars: Aprendiz de Jedi Volumen 5. LOS DEFENSORES DE LOS MUERTOS -Capítulo 4-

                                         



Los habitantes de Melida/Dan están anclados en el pasado y dos facciones de la población luchan en una interminable guerra civil. Todos parecen haberse olvidado de los Jóvenes. Obi-Wan Kenobi y su maestro no deben tomar partido allí, pero pronto Obi-Wan se encuentra luchando codo a codo con los Jóvenes en contra de los deseos de su maestro.


Capítulo 4

Los disparos procedían de lo alto del acantilado que tenían sobre sus cabezas. Obi-Wan y Qui-Gon se deslizaron hasta alcanzar la pared que había a su derecha. Pequeños tronos de piedra saltaban a causa de los disparos que alcanzaban la pared. Qui-Gon sólo dispuso de medio segundo para averiguar qué había al otro lado del muro. Después saltó, seguido de Obi-Wan.

Cayeron en un pequeño espacio lleno de maquinaria humeante. Las paredes les rodeaban por tres lados, en el cuarto estaba el edificio del mausoleo. Por lo menos allí no les alcanzaban los disparos. Qui-Gon se preguntó por un instante si los francotiradores se habrían aburrido y se habrían ido.

Desafortunadamente, su larga experiencia le decía que los francotiradores nunca se aburren y se marchan.

Qui-Gon examinó la maquinaria.

—Deben de ser las unidades que mantienen la temperatura del edificio observó mientras los disparos láser continuaban silbando sobre sus cabezas.

—Por lo menos estamos fuera de la línea de fuego —dijo Obi-Wan.

—Me temo que tenemos un problema mayor —continuó Qui-Gon. Se agachó para examinar un tanque de metal—. Está lleno de gasolina de protones. Si le alcanza un disparo volaremos por los aires.

Intercambió una mirada de preocupación con Obi-Wan. Tendrían que exponerse de nuevo a los francotiradores. No podían continuar allí, a la espera de que un disparo les alcanzase.

—Veamos qué hay al otro lado de aquella pared —dijo Qui-Gon, señalando el muro situado enfrente del que habían saltado para llegar allí.

Obi-Wan y Qui-Gon convocaron a la Fuerza. Cuando el Maestro Jedi la sintió crecer y manifestarse a su alrededor, saltó junto con Obi-Wan. A mitad de camino, en el aire, echaron una ojeada a lo que había en el otro lado. Sintieron que los disparos se acentuaban a su alrededor, pero Qui-Gon los iba rechazando con su sable de luz.

Cayeron al suelo.

—Hay un agujero en el fondo de ese barranco —informó Obi-Wan a Qui-Gon—.

¿Crees que podríamos ocultarnos allí?

—El suelo parece blando —dijo Qui-Gon—. Eso podría ayudarnos a no lesionarnos al caer, pero, si es pantanoso, podría ser peligroso. No me gustaría que nos ahogásemos en una ciénaga. Recuerda que el terreno de Melida/Daan está lleno de trampas.

—Al menos sorprenderíamos a los francotiradores —señaló Obi-Wan—. No esperan que vayamos a arriesgarnos.

Qui-Gon asintió.


—Podemos rodear el acantilado y subir por el otro lado para sorprenderles. Los matorrales nos esconderán. Ellos no saben por qué camino hemos venido, así que probablemente no esperan que les ataquemos.

—La única alternativa, Maestro, es volver atrás sobre el muro. Cuando hayamos llegado al camino podremos cobijarnos entre la vegetación de los jardines.

Qui-Gon se detuvo un momento, pensando en su siguiente movimiento. Mientras consideraba todas las circunstancias, pensó en cómo habían llegado Obi-Wan y él a actuar como una unidad. Aunque a veces hubiese roces en su relación, cuando estaban bajo presión se adecuaban perfectamente el uno al otro y sus pensamientos coincidían. Admiraba la habilidad de su padawan para, en cualquier circunstancia, pararse a pensar. Incluso en situaciones de gran peligro, Obi-Wan era capaz de elaborar una estrategia, de calcular las ventajas y los inconvenientes e incluso de bromear.

—Si vamos por los jardines perderemos el elemento sorpresa —dijo por fin Qui- Gon—. Recuerda esto, padawan: cuando uno está en inferioridad numérica, el factor sorpresa es tu mejor aliado. Probaremos a ir por el barranco.

Los disparos láser hacían un ruido metálico al chocar contra las máquinas, y Qui-Gon miró preocupado el tanque de gas.

—Creo que es el momento oportuno para que nos vayamos. Recuerda que tenemos una línea de arbustos justo al principio de la cuesta del otro lado. Intenta que tu salto sea lo más amplio que puedas.

Qui-Gon llamó a la Fuerza. Siempre estaba allí, lista para entrar en acción. Era su compañía, al igual que Obi-Wan. Imaginó el salto que necesitaba. Nada era imposible cuando la Fuerza estaba cerca. Su cuerpo sería capaz de hacer lo que fuera necesario.

Caminaron hacia atrás para coger impulso. Después corrieron, dieron tres pasos rápidamente e iniciaron el salto. Superaron la pared sin dificultad, y la Fuerza y el impulso los lanzó al vacío y les hizo caer al fondo del barranco.

Qui-Gon sintió el suelo pantanoso moviéndose debajo de sus pies cuando cayó, pero no fue absorbido por él. Obi-Wan cayó suavemente, muy cerca de su Maestro.

—Corre, padawan —le instó Qui-Gon.

El barro se pegaba a sus botas, dificultando su camino, mientras iban dando la vuelta al acantilado. Podían oír el sonido de los disparos y el de una granada de protones al explotar. Qui-Gon se giró. La granada había caído cerca del lugar donde ellos habían estado encerrados. Si acertaban directamente en el tanque de combustible sería de ayuda para camuflar aún más su ataque sorpresa.

Al fin llegaron al otro lado del acantilado. Era una subida rocosa, pero allí, al menos, el suelo era firme.

Obi-Wan se movía a su lado rápidamente y sin dar muestras de estar cansado;


era su fuerza física potenciada por su fuerza mental. Qui-Gon sabía que, con el paso del tiempo, Obi-Wan adquiriría elegancia.

Redujeron la velocidad de su marcha a medida que se iban acercando a la cumbre de la colina. El factor sorpresa no era una simple ayuda, era completamente necesario. No tenían ni idea de cuántos francotiradores iban a encontrar allí.

Cuando estuvieron muy cerca de la cumbre, Qui-Gon hizo una señal, y ambos se echaron al suelo y comenzaron a reptar. Qui-Gon guió a Obi-Wan hacia un grupo de rocas situado en el borde de la colina y que les serviría de refugio.

Había cuatro francotiradores alineados en el pico de la colina, tirados en el suelo y apuntando con sus armas al mausoleo. No muy complicado para un Jedi, pensó Qui-Gon.

En silencio, sacó su sable láser. Obi-Wan le imitó. A un gesto de Qui-Gon, ambos se levantaron, activando sus armas. Se acercaron en silencio a sus atacantes.

Qui-Gon se encaró con el que parecía más fuerte y grande, y Obi-Wan atacó al francotirador que estaba a punto de dispararles. Con un simple movimiento de su sable láser, Obi-Wan partió por la mitad el rifle de su rival.

Qui-Gon golpeó el arma del atacante más grande, y el rifle salió volando de su mano. El francotirador se revolvió para esquivar el siguiente golpe y dio una patada a Qui-Gon. El golpe le alcanzó, sorprendiéndole. También se sorprendió de que el tirador sólo tuviese un brazo.

Un tercer francotirador se abalanzó sobre Qui-Gon con una vibrocuchilla. Qui- Gon se desplazó rápidamente hacia su izquierda para evitar el filo del arma, a la vez que intentaba desarmar a su atacante con el sable láser. Obi-Wan, por su parte, se dirigió al cuarto francotirador y, de una patada, tiró su arma terraplén abajo.

Qui-Gon saltó hacia atrás cuando el francotirador que sólo tenía un brazo sacó un arma que llevaba enfundada en la cadera. El disparo casi le acierta. El segundo enemigo, que había perdido su cuchilla, tiró a Qui-Gon una granada de protones. El Jedi la esquivó, y la granada se perdió por el precipicio.

Qui-Gon estaba intentando desarmar a su oponente cuando se sintió sacudido por una enorme explosión. La granada había alcanzado el tanque de combustible. Qui-Gon sintió que el aire que lo envolvía parecía una pared de fuego. Sus reflejos de Jedi le hicieron reaccionar con rapidez. Obi-Wan estaba igualmente prevenido, pero el cuarto atacante perdió el equilibrio y empezó a balancearse sobre el borde del acantilado. Se agarró a una raíz gracias a la cual, y con dificultad, consiguió salvarse de la caída. Obi-Wan se dirigió hacia él con su arma preparada, por si tenía que defenderse.

El adversario de Qui-Gon mantenía su arma lista para disparar. Era un poco más viejo que Qui-Gon. Debajo de su armadura se dejaba entrever un cuerpo fuerte y atlético. Una de sus mejillas tenía la carne dañada. Qui-Gon supuso que


habría sido herido hace poco y que todavía no había tenido tiempo de recuperarse.

Los ojos del hombre se fijaron en el arma de Qui-Gon, luego se echó a reír.

  ¿Es ése el famoso sable láser del que tanto he oído hablar?

Sorprendidos por la conversación que estaba manteniendo con el enemigo que trataba desesperadamente de matarle, Qui-Gon asintió.

El hombre esbozó una amplia sonrisa.

  ¡Sois Jedi! ¡Pensábamos que erais Daan! Qui-Gon no bajó la guardia.

El hombre puso su arma a un lado de su cuerpo.

—Relájate, Jedi. Por la fuerza de nuestras madres y el valor de nuestros padres, esto no es un truco. Soy vuestro contacto, Wehutti. ¡Por fin estáis aquí!







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